En los albores de un nuevo orden mundial, estamos pisando ya el siglo XXI, un siglo del cual, en años anteriores, tan solo oíamos hablar en relatos de ciencia ficción.
El presente siglo, nos presenta un caótico mundo que nos asombra cada vez más con sorprendentes descubrimientos e innovaciones en ciencia, tecnología, nanotecnología y biotecnología, un mundo que conquistó el espacio, liberó el poder del átomo y descifró el mapa del genoma humano, un mundo en el que la realidad virtual, la clonación y la inteligencia artificial se han convertido en tema cotidiano en muchos foros, conferencias y discusiones. Un mundo globalizado, mediatizado y digitalizado.
Somos testigos y protagonistas de un mundo que ha dado un giro impresionante en lo que tiene que ver con todas estas nuevas tecnologías. En materia de telecomunicaciones, el mundo de hoy en día se mueve a una velocidad vertiginosa, es así como prácticamente nos enteramos casi en tiempo real de un hecho noticioso de especial relevancia, algún nuevo descubrimiento o un importante avance científico al otro lado del mudo. Esto se debe en gran parte a la red mundial, más conocida como la Internet.
Hablando concretamente de la Internet y de todo lo que trae consigo, léase correo electrónico, chat, redes sociales, etc. Aparentemente esto ha acercado a la humanidad – y digamos que en parte esto es aceptablemente cierto – pero paradójicamente esto ha abierto una brecha más profunda entre los seres humanos, los ha convertido en ciber-adictos, y es más el tiempo que pasan conectados a un computador, que al mundo real. Tal parece que para muchos la única forma de comunicación valida es a través de este medio.
Inconscientemente somos idiotas útiles de una de las herramientas más formidables de la globalización; la Internet. La globalización implica, entre otras cosas, el debilitamiento del espíritu humano, la despersonalización del individuo, la alienación sistemática en la que el sujeto se crea la ilusión de que es un ciudadano del mundo, etc.
Este estado de cosas no es algo nuevo, es una situación que se viene gestando desde hace ya un buen tiempo. Podríamos decir que la globalización es a su vez una herramienta del establecimiento. El establecimiento (establishment en inglés), entendido como el estado de cosas en que se mantiene el status quo a favor de una élite que defiende sus privilegios y la situación social que poseen, se ha valido con anterioridad de otras herramientas para domesticar y tener bajo control a los individuos que habitan principalmente en estas polis de acero, vidrio y concreto.
En años anteriores, algunos intelectuales, poetas, músicos y artistas visionarios, se manifestaron en contra del establecimiento y dejaron una profunda huella en la historia de la humanidad; ejemplo concreto, la Contracultura.
La Contracultura fue un movimiento socio-cultural que surgió en Norteamérica en la década de 1960 y que rechazaba los modos de vida y valores sociales establecidos en la época. Tuvo su inspiración más inmediata en la década anterior con la Generación Beat, también en Norteamérica, y que era un grupo de escritores cuya literatura era enormemente personal y subversiva. Los Beatniks fueron los precursores de los Hippies.
La Contracultura se plasmó no solamente en la literatura, sino también en el mundo del arte, la moda, el cine y la música. En la literatura tenemos, entre otros, a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, que venían de la Generación Beat. En el arte tenemos tal vez a su máximo exponente, Andy Warhol, que es considerado el padre del arte Pop. En la moda tenemos a Mary Quant, que fue la que inventó la minifalda, y en la música, más concretamente el Rock, tenemos al más importante festival musical de la Contracultura que fue Woodstock, festival que se llevó a cabo en agosto de 1969, algunos de los mejores grupos y artistas de la época participaron en este festival que duró tres días, entre ellos se destacaron Richie Havens, Janis Joplin, Joan Baez, Joe Cocker y Jimi Hendrix. Este acontecimiento quedó documentado en el largometraje “Woodstock” (1970) realizado por Michael Wadleigh.
Mientras esto sucedía en Norteamérica, por acá se gestaron importantes movimientos sociales y de disidencia; movimientos guerrilleros que infortunadamente perdieron el norte y se enquistaron en una parte de la historia que ya está ampliamente superada, trayendo como consecuencia que sus acciones en la actualidad dejen saldos muy tristes de muerte y destrucción sin sentido, especialmente en la población más vulnerable. Ese halo romántico que los recubría se apagó con el “Che” Guevara, en el ámbito continental, y en el ámbito colombiano con Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero. De esa época solamente queda el triunfo de la Revolución Cubana, que tristemente pareciera que estuviera llegando a una situación de inexorable desgaste.
Pero que tiene que ver todo esto con la Educación Liberadora? Hoy en día se hace especialmente necesaria una nueva contracultura; una contracultura como la que plantea Paulo Freire, que sirva como transformación de la realidad. Que no sea más esa tele-democracia de la que habla Peter McLaren.
Pero esa contracultura, por razones anteriormente citadas, ya no sería para nada igual a la precedente, estamos viviendo en una era digital, la era de la informática y de los microchips. El hábito de la buena lectura, que era una poderosa herramienta para los educadores, infortunadamente se perdió en gran parte con la aparición de los video juegos, los computadores portátiles, la Internet, la telefonía celular, los iPods, etc., que se quiera o no son elementos de la era moderna y que han desplazado en gran medida a los educadores de las aulas. Estos nuevos elementos hay que tratar de incorporarlos a los nuevos modelos de educación y canalizarlos positivamente para que en vez de ser una distracción se conviertan en una muy útil herramienta didáctica.
Suena un tanto contradictorio hablar de una nueva contracultura al tiempo que se habla de utilizar estos elementos, cuando sabemos con certeza que es a través de estos y otros elementos que las nuevas generaciones son sometidas constantemente a una sistemática manipulación mental y mediática.
El reto es adaptarse y darle vuelta a la hoja, enfrentarse al establecimiento con sus mismas herramientas. En los años sesenta, el mundo era muy diferente de como es ahora, digamos que de alguna forma los seres humanos eran más románticos, más idealistas y por que no decirlo, más inocentes. Había una mayor disposición para luchar contra las injusticias, más disposición para defender y apoyar causas humanitarias y más disposición para enfrentarse a los horrores de la guerra y a sus violentos promotores; véase por ejemplo cómo fue la respuesta del público frente a la guerra en Vietnam y cómo ha sido ahora frente a la guerra en Irak, en Afganistán e incluso en Colombia.
La gente está como atontada con las nuevas tecnologías y completamente idiotizada con los realities que pasan hasta el cansancio en la televisión. Por cierto, “reality”, es una palabra que viene del inglés y que significa “realidad”, la cual no se ve reflejada en este tipo de programación, que lo que busca en últimas es mantener al público en la más absoluta desconexión de la verdadera realidad. Otro tanto pasa con la industria cinematográfica, ya que esta ha quedado en manos de las corporaciones, y ahora solo produce cine de mero entretenimiento. Sumado a todo este angustiante panorama, está la desmesurada proliferación de sectas religiosas que con su verborrea también se han encargado de apartar al pueblo de la realidad, y lo ha sumido en la falsa ilusión de paraísos inexistentes.
Aquí como se ve, el ser humano ha perdido mucho de su ingenuidad, y no le interesa para nada hacia donde va la historia, el sufrimiento de las comunidades más pobres del mundo, el arrasamiento de culturas indígenas enteras, el futuro de los niños y la suerte que pueda correr este hermoso planeta azul.
Una nueva contracultura y una efectiva Educación Liberadora, en este mundo tal como lo conocemos tienen ante sí un tremendo reto de proporciones colosales. Ya no se trata tanto de subvertir ideologías decadentes, de desmitificar falsos mitos o de derrumbar ídolos que a todas estas ya no tienen pies de barro. La gran bestia de la que habla Peter McLaren ha clavado profundamente sus garras, sus fauces y sus tentáculos en toda la órbita humana; salud, educación, telecomunicaciones, entretenimiento, la cultura, el arte, la ciencia, la música, el derecho, etc.
La Educación Liberadora tiene que restaurar el espíritu humano, desandar el camino y tratar de descubrir en que punto de la historia el ser humano empezó a perder su humanismo y conectarlo nuevamente en propiedad con los maravillosos ciclos vitales de la naturaleza.